
Hija de Charles Wintour, director de The Evening Standard, y de su esposa estadounidense, la filántropa Elinor, se crió en Londres. Después de algunos periodos trabajando en Nueva York, en Harper’s Bazaar y en una efímera revista llamada Viva, regresó a Londres a los 36 años.

En 1988 volvió a Nueva York, absolutamente triunfante, para ocupar el puesto de redactora jefa de la edición estadounidense de Vogue. Ahora afirma: “Bueno, me divertí mucho en mi infancia en Londres y creo que lo más importante es que mi madre trabajaba. Creo que eso era bastante infrecuente por aquel entonces. Mi padre y mi madre me trasmitieron una fuerte ética del trabajo”.

Donde más humana se muestra Wintour es con respecto a lo inglés; su revista propaga a los cuatro vientos la cultura británica y los jóvenes diseñadores ingleses a los que Wintour favorece en este momento son Basso & Brooke, Luella Bartley, Hussein Chalayan, Stella McCartney y Phoebe Philo. “Siempre me ha gustado mucho la moda británica. Creo que tienen una originalidad y una personalidad enormes, y no les preocupa ser comerciales, como a veces ocurre en Estados Unidos”.

Admirada, temida, odiada por igual, no se siente reflejada en la película inspirada en su figura, "El diablo viste de Prada" y desde su centro de poder, sentada en su sillón de su despacho de Vogue, parece decidir quién reúne las cualidades para estar en primera fila del fashion business y quien no. Fue famosa su trifulca con Marc Jacobs y ahora parece que algún otro diseñador le ha salido respondón, como el italiano Armani.

El estilo de Anna Wintour es impecable; le gustan sobre todo los vestidos y las faldas a la rodilla, lleva siempre primeras marcas, cortes impecables y accesorios exquisitos, se podría decir que su estilo es muy americano, pero con un toque europeo más lujoso y sofisticado. Le encantan las pieles y hace años que lleva el mismo peinado. Adora las gafas de sol negras y las lleva puestas tanto de día como de noche.
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